Los trastornos de personalidad

Seguro que has oído hablar de los trastornos de personalidad. El más conocidos en el cine es el trastorno de personalidad psicópata (para muchos, “el malo que se carga a todos”). En las conversaciones de a pie, el que se escucha más frecuentemente es el trastorno de personalidad narcicista (para muchos, “el que se cree mejor que nadie” y que es asignado muchas veces a jefes) y también el trastorno límite de personalidad o borderline (“esas son las personas que se hacen cortes en los brazos, ¿no?”).

 

Como en todo, hay una cierta parte de base a la hora de realizar estas afirmaciones. Pero, como os podéis imaginar, estas frases son simplificaciones de trastornos más complejos. Os voy a contar algo sobre los trastornos de personalidad en general y, en posteriores entradas, sobre algunos de los trastornos en particular.

 

La personalidad, por lo general, solamente hacen referencia a una descripción de comportamientos típicos. Es decir, si una persona se comporta de una determinada manera en muchas situaciones diferentes, damos por hecho que esa es su forma habitual de ser, pensar y sentir. Por tanto, asumiremos que esa es su personalidad. Ahora bien, hay ciertos rasgos de personalidad que son considerados adaptativos y otros que no lo son. ¿Cuál es la diferencia entre unos y otros?

 

Básicamente, las personas con rasgos de personalidad desadaptativa tienden a tener muchos problemas en la interacción con otros. Su comportamiento llama la atención por:

- la intensidad de ciertas respuestas (por ejemplo, alguien que constantemente muestra explosiones emocionales como los enfados)

- por el tipo de interacción que tiene con otros (por ejemplo, alguien que devalúa a los demás de manera repetitiva) o

- por un contacto inestable con los demás (por ejemplo, alguien que dice no querer tener contacto con otra persona que al rato se muestra muy cariñoso, que poco después vuelve a devaluar al otro y mantener distancia).

 

Llegados a este punto, algunos de vosotros habréis pensado “me reconozco en estos comportamientos... ¿esto significa que tengo un trastorno de personalidad?”. No. No es tan fácil como esto. Pero este pensamiento es importante, dado que las personas con trastorno de personalidad no muestran un comportamiento “anormal” de por sí: ¿quién no ha estado seguro de si quiere estar con un/a chico/a que le gusta y le ha mandado mensajes poco claros? ¿Quién no ha tenido un ataque de furia en el que ha dicho cosas que han hecho daño a los demás? Por tanto, determinar que alguien tenga un trastorno de personalidad no se refiere al tipo de comportamiento de por sí, si no a la falta de alternativas y alta frecuencia de repetición de ciertos patrones de comportamiento que resultan problemáticos. 

 

Los trastornos de personalidad se generan como estrategias de supervivencia en un entorno disfuncional. Estas estrategias tienen su origen en la infancia, cuando empezamos a interactuar con otros y a intentar resolver problemas, pero no es hasta la edad adulta que se pueden diagnosticar. Un entorno puede considerarse disfuncional si al niño no se le hace caso, se invalidan sus emociones, es devalúado como persona, vive aislado y tiene pocas interacciones con otros, no se respeta su intimidad, se le prohíben muchas cosas por miedo a que ocurra algo... y un largo etc. Un niño que creece en un entorno con alguna (o varias) de estas características necesita generar alguna estrategia para lograr sobrevivir, a poder ser, protegiendo su autoestima. Y es aquí donde entran en juego los comportamientos llamados “manipulativos” característicos de los trastornos de personalidad. Que un comportamiento sea "manipulativo" significa, en el sentido psicológico estricto, que alguien se comporta de una determinada manera para obtener lo que necesita de una manera diferente a una forma directa y clara. Para entenderlo mejor: estos niños de los que hablaba más arriba experimentan que expresar desacuerdo, hacer peticiones y mostrarse tal y como son, mostrar tristeza o enfado (es decir, comportamientos “auténticos”) conlleva consecuencias negativas. Esto significa que una comunicación clara y directa de sus deseos y necesidades no les sirve y dejarán de hacerlo. Cuando algo no nos funciona, vamos a intentar conseguirlo con otra estrategia, dado que nuestros deseos y necesidades siguen exisitiendo si no se ven satisfechao. Por ello, los niños que crecen en estas circunstancias aprenden a manejarse de una manera más indirecta. Pueden aprender, por ejemplo, a tener explosiones emocionales si perciben que con ello reciben atención y son percibidos por su entorno (lo que puede llevar a una personalidad del tipo impulsivo). Pueden aprender a generar un estilo evitativo de comportamiento, generando así una sensación de control y seguridad (lo que puede llevar a una personalidad del tipo ansioso o evitativo). O pueden, por ejemplo, aprender a generar una autoimagen excesivamente positiva y a devalúar a otros (lo que puede llevar a una personalidad del tipo narcicista).

 

Esto implica que los trastornos de personalidad son, en su mayor parte, aprendidos. Es decir, no tienen un componente genético si no que son las respuestas de adaptación a un entorno determinado. Sin embargo, hay algunos trastornos que sí son considerados como respuesta a un entorno determinado y a una predisposición genética, como son el trastorno límite de personalidad, también conocido como trastorno borderline, o el trastorno de personalidad psicópata.

 

 

Si te interesa saber más sobre los trastornos de personalidad, estáte atento porque pronto publicaré respecto a algunos tipos concretos. 

Kommentar schreiben

Kommentare: 0