El idioma en el extranjero

Un factor desencadenante de estrés muy recurrente viviendo en el extranjero es la barrera del idioma. No dominar el alemán genera mucha frustración y desesperanza en muchas personas. Veamos por qué afecta tanto no hablar el idioma del país en el que vivimos.

 

El idioma no sólo es comunicación. Es la forma de generar vínculos con otras personas. Al hablar, nos contamos historias, anécdotas, conocemos a los demás y presentamos partes de nosotros. Manejar un idioma, además, nos permite resolver las situaciones que se nos van presentando de manera independiente: hablar con el fontanero, con el asesor de nuestro seguro médico, resolver tareas online...

 

Tener dificultades a la hora de entender y de expresar lo que queremos decir genera, por un lado, mucha frustración y enfado. Esto ocurre porque nos vemos limitados en nuestras capacidades, sabiendo que con otro idioma, el materno, esto no ocurriría. Por otro lado, genera inseguridad. Al no dominar el idioma, dependemos de otros y, además, se puede generar un miedo a tomar decisiones equivocadas, lo que reduce aún más nuestra autonomía. Todas estas dudas e inseguridades dificultan aún más el proceso de adaptación a un país, que de por sí es suficientemente retador.

 

En muchas ocasiones, oigo que las personas comentan que el idioma es la principal barrera para integrarse y, a la vez, describen la falta de ganas y motivación por aprenderlo. Aquí se produce un fenómeno que impide avances: se detecta el factor que genera un problema pero no se intenta resolver. El resultado: parálisis y bloqueo. La situación se mantiene como está. 

 

Para salir de la situación de bloqueo, conviene analizar los factores que impiden aprender un idioma. El más importante lo encontramos en las creencias perfeccionistas, como pueden ser “sólo cuando hable perfectamente el nuevo idioma lo usaré con nativos”, los pensamientos catastrofistas del estilo “nunca voy a aprender este idioma, es imposible” o anticipar “se van a reír de mí y no me van a tomar en serio”. Pensar de esta manera favorece la evitación y el idioma se asocia a emociones aversivas. La persona no se expone a situaciones que impliquen usar el idioma por evitar sensaciones de incomodidad, fracaso, rechazo... Por tanto, no se producen nuevos aprendizajes, que demostrarían que las creencias son falsas. Unido a esto, además, se añade la generación de ansiedad por expectativa: la situación que me daba miedo cada vez me da más miedo, dado que hasta ahora he aprendido que la única forma de reducir esa emoción es evitando.

 

Exponerse a usar el idioma, aunque sea con fallos y sin entender todo a la perfección, va a permitirnos desarrollar las capacidades lingüísticas, tanto verbales como escritas. Es verdad que a corto plazo pueden implicar emociones incómodas (que son la razón por la que evitamos), pero a medio plazo nos damos cuenta de que vamos mejorando, que sí es posible aprender el idioma poco a poco y que podemos estar en contacto con nativos mucho antes de lograr un nivel alto de dominio de idioma. Es importante darse cuenta de que lo importante en la comunicación no es la gramática o declinar a la perfección. Lo que sí importa es darnos a conocer y compartir vivencias y emociones... y las emociones no llevan tildes ni se viven en genetivo o acusativo.

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