Hijos de padres separados

Con el aumento de los divorcios y separaciones durante los últimos años, es necesario aclarar algunas ideas relacionadas con los efectos que se producen en la familia y en concreto en los hijos de padres separados.

 

Hay que dejar claro que una separación o divorcio en sí mismo NO produce problemas en los niños. La relación lineal divorcio --> problemas, estableciendo que un divorcio siempre va a generar problemas de desarrollo en los hijos, no existe. Una característica de los niños es que se adaptan muy rápidamente a los cambios en su contexto. Claro está que esto sucede de manera adecuada y sin dificultades añadidas si los padres lo hacen bien. En caso contrario, hay que anallizar qué cosas están haciendo los padres que pueden explicar que un niño de padres separados presente problemas que no presentaba antes de la separación y qué deben hacer los padres para que estos problemas, en el mejor de los casos, no se generen o si ya se han dado, que desaparezcan. Los problemas más frecuentes que se encuentran en los niños más pequeños están relacionados con los problemas académicos mientras que en niños algo más mayores suelen ser de tipo social. En todas las edades pueden aparecer pensamientos relacionados con la atribución de culpa de que los padres se hayan separado o miedo a que sean abandonados por uno de los progenitores.

 

Una separación o divorcio supone cambios en la organización de la vida familiar. Objetivamente, si los niños viven con uno solo de los progenitores el otro va a pasar menos tiempo con ellos y el peso de la educación puede recaer más en la parte que convive con los niños. Pero esto no es malo de por sí y no supone para nada que los niños vayan a presentar problemas de adaptación. Los niños estarán aprendiendo de menos fuentes, pero estarán aprendiendo según lo que les enseñe el progenitor. No es cierto que los niños necesiten a dos personas para desarrollarse de manera sana. Lo importante es que se establezcan normas y que puedan aprender determinados hábitos y habilidades, y eso se puede hacer perfectamente de manera individual. De hecho, mantener la convivencia y la relación de pareja “por los niños” puede ser contraproducente si el nivel de conflicto es alto o si no hay acuerdo en determinados aspectos relacionados con la educación, suponiendo una educación poco coherente. La separación no es sinónimo de problemas ni el matrimonio es sinónimo de bienestar. Si hay problemas en la pareja, puede ser mejor para los niños que se produzca una separación que el mantener la convivencia. Para evitar que los hijos de padres separados desarrollen problemas, los padres que se separan deben tener en cuenta los siguientes puntos.

 

Por un lado,  deben procurar que los niños sufran los menores cambios posibles en su día a día. Esto significa que deben respetar al máximo sus horarios y actividades que mantenían hasta antes de la separación. Los que deben hacer el esfuerzo son los padres, no los hijos, y por tanto es más adecuado que sea el padre o la madre los que realicen cambios en su vida diaria para mantener las rutinas de los hijos que al revés, si bien es cierto que esto no siempre es posible. Los niños pueden modificar algunos hábitos sin problema, pero lo que no se debe hacer es trastocarles toda la organización de la semana de golpe, y que ésta vaya variando cada semana. Aquí también se incluye un régimen de visitas estable. Los niños necesitan una rutina, esto les permite conocer su nuevo contexto y evita que sufran estrés. Así, aunque ya no vean a sus padres todos los días y estén viviendo un cambio, el impacto será menor si saben que “vemos a mamá/papá los martes y jueves” o que “como es fin de semana, voy a estar con papá/mamá”.

 

Un segundo punto a tener en cuenta es mantener a los niños alejados del conflicto. Es fácil imaginar por qué no es adecuado que se produzcan peleas delante de ellos: primero, pueden aprender modelos negativos de comportamiento (gritar, tirar cosas, insultar) y segundo, para ellos supone vivir situaciones estresantes que aún no han aprendido a manejar. Se debe evitar, además, utilizar al niño como mensajero, es decir, que un progenitor se comunique con el otro a través del niño, sobre todo si los mensajes son descalificativos como “dile a tu padre que es un irresponsable” o “dile a tu madre que es una exagerada”. La situación de divorcio puede ser estresante para los padres, lo que dificulta que se mantenga una comunicación correcta con la expareja o los hijos. Por ello, puede ser necesario un entrenamiento en cómo controlar su activación, manejar sus enfados y cómo decir las cosas para evitar mayores conflictos y llevar la situación de la manera más tranquila posible.

 

En tercer lugar, es necesario explicar a los niños la nueva situación (adaptándose a su capacidad de comprensión y lenguaje). Para los niños la nueva situación será dramática en función del dramatismo que den los padres. Esto quiere decir que dependiendo de cómo se le explique, el niño se va a adapta perfectamente al cambio o va a vivir la situación como estresante. Por ello, es muy adecuado que los padres expliquen los cambios como algo muy positivo. Por ejemplo, si los padres ya no van a convivir sino que uno va a vivir en otra casa, a los hijos se les puede plantear esta situación como “qué suerte tenéis, papá/ mamá tiene una nueva casa y ahora vais a poder jugar en dos”; o para explicar la nueva organización del tiempo con cada uno de los padres, se les puede decir que “mamá/ papá va a estar con vosotros todo el fin de semana entero, os lo vais a pasar genial”. Otro aspecto importantísimo en cuanto a explicar la nueva situación es la necesidad de modificar ciertos pensamientos irracionales que pueden presentar los niños en relación a su papel en la separación de sus padres o lo que ésta significará para ellos. Los padres deben aclararles repetidamente que ambos les siguen queriendo, que van a estar para ellos aunque ya no se vean tanto o que ellos no han hecho nada malo y que no es su culpa que papá y mamá ya no vivan juntos.

 

En cuarto lugar, los padres deberían plantearse la situación de divorcio como una ruptura de pareja, pero no de la familia. Por ello, es muy positivo que los padres sigan realizando actividades conjuntamente, sobre todo las relacionadas con los pequeños, aunque sea entendible que no les apetezca demasiado. Deben plantearse que actuando así, estarán ayudando a que sus hijos se desarrollen positivamente y se estarán evitando elementos estresores. Además, los padres deben aclarar qué responsabilidades recaerán sobre uno y otro a partir de ahora. El divorcio supone una reorganización y un cambio, por ello es adecuado hablar y aclarar cuanto antes cómo  para que no surjan conflictos nuevos y, en cuanto a los niños, que éstos sepan qué esperar.

 

Como se ha dicho antes, lo más frecuente es que en un divorcio mal gestionado los hijos algo más mayores puedan empezar a desarrollar comportamientos inadecuados (como agresividad, negarse a hacer determinadas tareas). Si antes estos comportamientos no se daban, hay que analizar qué está cambiando para que se den. Los cambios de conducta no se producen porque sí. Hay que analizar qué está ocurriendo. Lo más frecuente es que estos comportamientos cumplan la función de conseguir atención por parte de uno de los progenitores o de los dos. Esto significa que antes podía conseguir atención mediante otros medios que actualmente ya no funcionan. Si el niño ya no consigue atención de la manera tradicional (por mostrar sus deberes, por contarles alguna historia que le haya ocurrido), puede empezar a intentar recibir esa atención mediante otros medios. Por tanto, los padres deben esforzarse por seguir prestando atención a su hijo, a pesar de que ahora estén más estresados o tengan menos tiempo.

 

Muy relacionado con lo anterior está la necesidad de mantener el estilo educativo aplicado a los hijos hasta ese momento. Los padres no deben caer en el error de ser más permisivos por no hacer sufrir a los hijos: éstos tienen que seguir cumpliendo ciertas normas. A veces, tras un divorcio, los padres se vuelven más flexibles, o ya no controlan a sus hijos (ya sea por falta de tiempo - cuidar uno solo a los hijos sin la ayuda de otra pareja puede resultar más complicado en cuanto a organización- o por querer “compensarles”). Puede que los comportamientos inadecuados de los hijos (mencionados en el párrafo anterior) precisamente se generen y mantengan por una falta de consecuencias asociadas. Los padres deben hacer sentir bien a sus hijos pero no a costa de eliminar normas, sino a través de actividades gratificantes compartidas, expresando afecto, etc.

 

En último lugar, algo muy importante que deben  entender los padres es que los hijos no deben preferir estar con uno u otro progenitor, sino que lo mejor es que les guste estar con los dos. Es contraproducente preguntarles cosas como  ¿a quién quieres más, a mamá o a papá? Esto les supone una fuente de estrés y se les puede manipular fácilmente, dependiendo de las consecuencias derivadas de lo que digan: si responden que quieren más al progenitor que les pregunta o al otro, se les premiará (con actividades que les gusta, con atención, con gestos cariñosos) o castigará (mostrando decepción, enfado…). Esto puede terminar en un rechazo hacia el otro progenitor pero por estas consecuencias, no porque el niño, de manera autónoma, haya “decidido” que quiere más a uno u a otro. Siguiendo en esta línea, los padres no deben sentirse defraudados porque los hijos vuelvan hablando maravillas del otro progenitor con el que han pasado el día. Que disfruten estando con el otro progenitor no es nada personal en contra de ellos, sino algo muy adaptativo y es una señal de que están haciendo las cosas bien. La valoración personal que haga un progenitor de sí mismo no tiene que depender de que el niño diga que le prefiere. Los padres deben asumir que los niños quieren a los dos y que además esto es lo mejor para ellos.